Por qué sigo disfrutando del rodaje (a pesar de todo)
- Dani Parrilla

- 9 ene
- 3 Min. de lectura

En 2002 me licencié en Comunicación Audiovisual. Ese momento de subidón en el que no sabes muy bien qué hacer con tu vida, pero sí sabes una cosa: te gusta rodar. Es un veneno. Entra despacio y te atrapa.
Empiezas a mirar alrededor: producción, sonido, dirección, técnico de algo. Al final decides —o la vida decide por ti— que la iluminación es lo tuyo. Y te entregas. Hoy, en 2026, me doy cuenta de que llevo 24 años ejerciendo esta profesión. Más tiempo que muchas de mis relaciones amorosas. Y claro, llega la pregunta inevitable:
¿De verdad merece la pena?
¿Es esto lo que quiero, lo que me llena, lo que necesito?
La rutina es siempre la misma: empieza un proyecto, lees el guion, lo desglosas, haces listas, previsiones, números. Llamadas. Reuniones. Más llamadas. Problemas. Buscar equipo. Preparar. Y luego entrar en un set a hacer, supuestamente, lo que sabes hacer… o lo único que sabes hacer, porque quizá ya es tarde para cambiar.
Hace años tuve una crisis. Estaba agotado: del trabajo, del trato con la gente, de creerme imprescindible y descubrir que somos, en realidad, bastante prescindibles. Lo superé porque apareció algo más importante en mi vida y entendí que todo lo demás es subsidiario.
Y aun así, día tras día, lo mismo.
Siempre digo que lo bueno de este trabajo es que es diverso. Y lo es… en el contexto. Pero el fondo siempre es el mismo. Ya me lo advirtieron al empezar:
“Huye. Esto es un veneno. Hazte informático y vivirás feliz.”
Entonces, ¿por qué sigo aquí?
¿Por qué sigo yendo al set todos los días?

Madrugar, trasnochar. Trabajar bajo una presión constante porque lo que hacemos es demasiado IMPORTANTE como para permitir errores. Trabajar codo con codo con gente que te cae bien y con gente que no soportas. Rodajes nocturnos en los que pasas la noche entera trabajando, vuelves a casa y haces como que vives.
Doce horas de rodaje al día (cuando empecé eran hasta veinticuatro)
Un día tiene 24 horas:
12h trabajando.
2h desplazamientos.
Ya vamos por 14h.
Dormir… pongamos 6 horas (porque siempre dormimos “demasiado”, ¿captad la ironía?).
Quedan 4h.
Aseo personal, una.
Comer o cenar, otra.
Resultado: dos horas de vida.
Dos horas para ver si tu familia sigue ahí, si tu casa no se ha caído, si tú sigues siendo tú. Y así, día tras día.
Es verdad que hay temporadas sin rodar… pero todos sabemos que pasar más de dos semanas en casa se convierte en otro infierno. Volvemos al veneno y las facturas que hay que pagar.
Y no desconectas nunca. Correos, mensajes, llamadas. Siempre preparando lo siguiente: el próximo proyecto, la semana que viene, la siguiente publicidad. Porque esto no puede parar. No puedes ponerte malo. No puedes faltar.
¿Eres indispensable?
No.
Pero nos gusta pensar que sí.

Lidias con distintos jefes, presupuestos, egos. Algunos maravillosos, otros un infierno. Todo se magnifica. Es normal: paso más tiempo con mi equipo que con mi familia. Y eso no es normal. Al final tienes que elegir, decidir qué merece la pena… y muchas veces te das cuenta demasiado tarde.
La verdad es que merece la pena vivir.
Pero vivir, para mí, también es rodar.
Porque rodando formas parte de algo más grande. Pequeñas acciones coordinadas para sacar adelante un proyecto común. Compañerismo entre departamentos. Planos imposibles que, después de mucho esfuerzo, funcionan. Miradas cómplices con tu equipo: no hace falta hablar, saben exactamente qué hacer. Reírte con ellos. Trabajar con ellos.
Compartir rodaje con personas bellísimas que lo dan todo sin ser egoístas. Perderlas durante un tiempo y reencontrarte después como si nada hubiera pasado. Eso no tiene precio. Y por eso seguimos aquí.

Con los años cambias la perspectiva. Ya no corres igual. Intentas no gritar. No necesitas demostrar nada. Porque al final lo importante no es el ego, es tu equipo y que el proyecto salga lo mejor posible con los medios que hay. Paras más. Piensas mejor. Y entiendes lo importante que es transmitir esto a quienes vienen detrás.
Esto es un trabajo. Uno cualquiera. Como limpiar una oficina, hacer una guardia en un hospital o vender periódicos. Y hay que hacerlo lo mejor posible.
¿Cuántos años más?
Los que el cuerpo diga.
Los que la vida permita.
Pero sin volver a olvidarme de algo esencial: tengo una vida fuera de los sets. Y nos olvidamos demasiado de eso, nos metemos en la rueda con mucha ligereza y perdemos lo importante.
Ese es mi legado.
Un nombre entre muchos en los créditos… y una forma de haber estado ahí, trabajando por y para esto, un eslabón más ni más ni menos importante.
Ver en una pantalla grande o en una pequeña de casa el resultado de un esfuerzo, de una complicidad y de una profesión que es la que amas y te gusta hacer. A pesar de odiarla muchas veces.




Comentarios